El Tribunal Superior de Justicia de Canarias y el Instituto Nacional de Estadística nos han regalado para el fin de 2023 dos noticias que, juntas, son una verdadera bomba sociológica: Canarias tiene el mayor índice de divorcios de toda España y, además, la natalidad se ha desplomado hasta el crecimiento cero. Ambos datos nos deparan un futuro nada halagüeño, porque esto afecta a la economía de manera directa, y la tormenta perfecta para quienes queramos jubilarnos con pensión en los próximos quince años está ya soltando sus rayos y truenos. Pura nube negra.

Supongo que las parejas que se divorcian concluyen que es lo mejor para ellos (aunque por regla general no sea nada bueno para los hijos en común de ese matrimonio ya deshecho), pero creo que todo esto tiene mucho que ver con un cambio de mentalidad social que viene a estirar los nuevos treinta, los nuevos cuarenta y los nuevos cincuenta (para alegría de Decahtlon y los fisios). La falta de compromiso en un mundo que se ha individualizado hasta extremos insospechados es la raíz que carcome la sociedad actual. Muchas de las parejas-acuerdos que sobreviven se confiesan que el compromiso “es solo querernos”, y no llegan nunca ni a matrimonio ni a pareja de hecho, porque cada uno vive en su casa, follan amigachamente cuando les viene bien y nunca se habla de la construcción de un hogar, núcleo familiar, estable y duradero, donde puedan tenerse y criarse unos hijos. A este planteamiento egoísta condenado a un presente continuo, sin proyecto de futuro, sino a un día a día precario e improvisado, se une el hecho de que muchas mujeres no quieren tener hijos y algunas que, tras la vida loca, cuando frisan los cuarenta tacos, sienten la llamada de la maternidad y entonces se inseminan aprisa y corriendo porque no encuentran pareja que quiera asumir rol de padre. Hay, además, un feminismo mal entendido que pregona toda esa libertad y que pone en jaque el concepto tradicional de familia, como si tener familia fuera facha. No, una familia no es una señora con un gato o un perro. No creo que en esta crisis sociológica actual pesen tanto los aspectos económicos, sino más bien unos adultos con síndrome de Peter Pan que huyen de cualquier compromiso como del fuego. Todo vale. Todo se puede tener. Me lo merezco todo, aunque sea arrimando la posibilidad de un amor que crezca y madure con el tiempo, aquel amor de muchos abuelos que, tras pasar la vida entera juntos, en un amor de mantas y capas de cebolla, se dejan morir cuando el otro muere porque ya nada tiene sentido. Aunque esté soltero, yo quiero para mí ese amor, el romántico, el de los príncipes y princesas azules porque sé que existe. El amor compromiso, el amor caras de una misma moneda, el amor que nos dice a diario que todo lo puedo en ti.

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