No se nos equivoca el tiempo a la hora de correr, a lo potro desbocado, porque todavía estamos sacudiéndonos calores y salitres y ya se nos tiene que poner el espíritu navideño, aunque sea a golpe de aprisada iluminación municipal y humos castañeros. Los alcaldes de la isla están detrás del botón mirándose de reojo y diciendo tonto el último, como cuando estábamos en el patio del colegio.

A veces las fiestas navideñas nos ponen un punto melancólico, y en mi caso, ese punto de tristeza suele aparejar nostalgia de felices nochebuenas y fines de año y Reyes, porque después de mis cincuenta tacos los Reyes volvieron a recargarse de magia desde que mi hijo Pablo vino al mundo a traerme todos los regalos que son él. Y yo sin saberlo. Y después tengo las Navidades pasadas en mi pueblo herreño, La Restinga (antes del alud ataúd de cayucos), porque allí cuando hace sol apagamos el árbol y nos damos un chapuzón en el mar, como si el mar fuera también cómplice de que la nieve nos queda muy lejos porque el agua no está fría. Y en todos esos recodos o muescas del corazón están las Navidades pasadas al frío francés de una habitación repleta de cavas y vinos con quien tuvo mis amores y, así, si además llueve, la nostalgia agarra un tono azul hasta que vuelvo de los espacios del recuerdo para acordarme de que tengo todo que celebrar porque tengo a todos los míos vivitos y coleando, y que puedo alzar la copa y brindar por ese concepto de familia tradicional tan denostado por los presuntos modernos y por todos esos adultos que parecen haberse quedado en el síndrome de Peter Pan: yo no crezco así sople cincuenta velas, yo no asumo responsabilidades ni para sostener una pareja. Yo creo que si las Navidades tienen algo de verdaderamente especial es que, de alguna u otra manera, nos obligan a pensar en los lazos familiares, en que sea grande y larga la luz del tiempo que nos ate a padres, hermanos e hijos.

Pongamos en la agenda de las prisas pararnos a hablar con nuestros familiares, con nuestros hijos, sobre todo, porque a mí mismo mi hijo, a sus doce años, me ha dado soluciones de sabiduría y madurez que no habrían pasado ni por la más remota de mis imaginaciones. Pablo me dijo que en Navidades aparecía un pintor que borraba el cielo y se dedicaba después a volver a pintarlo. Papá, cuando despertamos siempre hay un cielo nuevo, me dijo. Y no te preocupes, porque si este cielo de hoy se alarga oscuro, feo o tóxico, cuando durmamos ya será otro el cielo. Tranquilo, papá, el pintor sabe, el pintor no se equivoca, y siempre pinta, aunque sea un solo rayo de luz. La luz suficiente. La luz futura. No sé ustedes, amigos, pero yo voy a brindar por ese pintor.

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